29 de mayo de 2018

DE VICENTE AMIGO


Genio y duende a la guitarra española y una gran y excelente persona.  


Jose Luis Errekerre ♧








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5 de mayo de 2018

PASEO DE LOS HUÉRFANOS DE POESÍA




El hambiente húmedo y patizambo de la noche, va como una procesión en Semana Santa por las calles y plazuelas del pueblo, hasta el final del mismo. En la parte alta de la villa, sobre la 1:00 o las 2:00 de la mañana, siempre aparece un leve vientecillo que alivia algo, y se agradece cosa mala, pues el asfalto, el camino al río Verde y al pantano que recoge sus aguas, aún desprende el calor acumulado durante todo el día.

Aqui siempre, incluso estando en la sierra del interior, hace un clima húmedo pegajoso, que por el dia, ahora en verano, diseca a los jornaleros en el campo, y en invierno, el viento te congela en cuanto se te va el santo al cielo. Con esto dejo dicho que, en esta sierra alicantina hay dos estaciones nada mas, invierno y verano. Hoy hace una de esas pocas noches de agosto, en que el calor se adueña de tu cuerpo como un espíritu errante, y no te deja pegar ojo.   

Vuelvo a ducharme. Salgo a la calle de madrugada al ver a bailar, a ritmo un leve vientecillo, los banderines colgados de las pasadas fiestas en la calle Altet y las antiguas eras del pueblo. Según bajo por su alameda, se desperezan también las hojas grandes y esponjosas de las moreras y los altos y viejos álamos, de hojas verdes y de anverso pateado, forman figuras fantasmagóricas. A  esas horas, el mismo vientecillo, no tan bochornoso, baja desde la fuente de la Glorieta, que se encuentra unas calles atras; es medicinal ese momento. 

La Glorieta es una vieja fuente, con siete caños de bronce y un escudo en piedra arenisca que parece tener las barras de la senyera, pero en forma de reloj de área y una fecha a medias degradada por el tiempo, las inclemencias del tiempo y tres guerras. Qué pena, nadie sabe la historia del escudo ni el año con exactitud, dicen los abuelos que van por la tarde a la fresca engiéndose de hombros. 

Aprovecho esa toma de aire de la Glorieta para preguntarme, si en éste capítulo de mi vida, soy más Sancho que Quijote,  pero no me veo en ninguna de los dos personajes de la literatura universal. El caso que esto no es el Toboso y las Dulcineas, aquí, miran a los forasteros como yo, igual que los gatos a una lata de sardinas sin abrir; mal. De camino hacia bajo, hacia el final de la villa, sospechando que será la luna quien hace preguntarme tales cosas, y en ese momento, la luna turca se detiene a la izquierda del castillo árabe del siglo X que durante tanto tiempo custodio y separó a la villa, hoy en la más humillante ruina para lo que fue, eso sí, perfectamente iluminadas. Una estampa preciosa, melancólica e hipnótica, exclusiva para basureros y crápulas. 

Sigo hasta llegar al río,  ahí, me reconforta el tímido paso de la corriente de agua que mueve las cañas, el ruido de los cantos rozándose, parecen bullir en una holla hirviendo llena de garbanzos. Me relaja su sonido junto con el de las ranas y algún grillo lejano, me siento invisible en esta semi oscuridad, intangible, no noto el peso de los artificios lúdicos y macabros de la vida. Mis sienes son dos gárgolas rotas vomitando adversidad y maldades, vistas y vividas en esta verbena, de existencial circustancia, a cámara rápida.  Aspiro el aire libre, limpio, fresco y puro que va y viene con nuevos aromas por el pequeño cauce del río Verde, y me renueva,  unos kilómetros mas arriba se ve la luz de la vieja almácera aún en funcionamiento, y me alegra la vista. Antes de volver pueblo arriba, recogo los cantos más claros que la luz de la luna me deja ver, para pintarlos mañana o pasado.

De vuelta, subo por las callejuelas adoquinadas con su eco de fondo y noto las miradas furtivas del insomio ajeno, y la luz azul de los Civiles hacienfo caja en la única rotonda que hay. Las jardineras, macetas, flores y plantas, sus colores, sus aromas, sus sombras, hace más agradable la subida. Intento extraer, con la mirada, tinta verde y virgen del tallo de un hermoso geranio, y de las delicadas gitanillas rojas que cuelgan, como trofeillos, en las encaladas fachadas de las casas del antiguo arraval la villa, para tener algo que llevarme al blanco papel de está noche huérfana de poesía, pero ni pinchándome con un cardo borriquero sacaría hoy una gota de de vinagre para mojar el posa vasos que llevó a modo de chuleta, por si la inspiración viniese plácidamente a dormir a casa. 

Un día, una noche más espetando versos rotos y destemplados al mundo, y el mundo pasa de mí cara y de mis versos olímpicamente, hasta que me fijo en la luz insustancial de las nuevas farolas del Ayuntamiento, y el eco educado del rebuzno de un burro, me dicen que es hora de irse a la cama.

Josetxu Errekerre♧Elgran Ausente.


                                   En Ronessa, a 5 de mayo de 2018



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