4 de febrero de 2017

EL TREN DE LAS RUEDAS PINCHADAS





He viajado el tiempo suficiente en el vagón de las ruedas pinchadas y sus asientos de la discriminación, para saber que es allí donde los fumadores calman su vicio, escondiendo sus pitillos y agachando las cabezas para fumar. Vagón en el que nadie ha viajado pero todos conocen de oidas, siempre al alcance del pavorido grito de las señoras de bien. Es el vagón del "prohibido acercarse" que dicen a los niños antes de partir los mismos padres que agachan la cabeza para fumar. 

La música en aquellos trenes, era un pentagrama trenzado de colegiala. Sus melodías ni las azafatas más veteranas las recuerdan, a pesar de que nunca cesó en ningun viaje, sólo los que se atrevía a mirar más allá del paisaje, movido, como una foto hecha por error, pudieron oírlas y recordarlas.   

Demasiadas miradas se agolpaban en el vagón cafetería. Distinguía del resto a los bebedores, que guardaban sus petacas de brandy en el bolsillo abotonado de americanas y chaquetas, en el aparente disfrute de un café descafeinado.  

Vi como la mirada absorta, reflejada en la ventanilla, del fugitivo, interrumpida al ver el uniforme del revisor y como dejaba su billete de tren sobre el asiento vacío de al lado por si sus manos, temblorosas, le traicionaban, desde el vagón de las ruedas pinchadas.

Y los mil ojos del pícaro ladronzuelo, entre Chamartín y Atocha, correr hacia ninguna parte. Desde el andén pude ver el beso de una joven enamorada a la inconfundible cicatriz del que larga demasiado a quien no debe, una cicatriz desde boca hasta casi la oreja, siempre oculta o disimulada con barbas, gorras de visera baja y gafas de sol y, sin embargo, la joven lo besaba con una ternura fuera de lugar mientras el se fijaba en aquellas ruedas pinchadas.

Viaje descontrolado en "el tren azul"* sobre vias con clavos. Vi volviendo al vagón, como la mirada del deseo amanecía por encima de una revista de moda, y en contraste, a dos filas de ahí, los ojos en via muerta de una mujer desangelada por las cornadas de la vida. 

Vi el cómplice guiño de la joven prostituta que trabaja en una gūisquería de López de Hoyos respondiendo a su guiño con mucho gusto y sin prejuicios de fumador en el vagón de las ruedas pinchadas.

Vi las guitarras y al músico. Ellas locas por salir de sus estuches de cuero bien cuidado y él para chillar con sus dedos al llegar a su destino, en Playa Muchavista. Vi la humildad del genio guitarrista que, entre calada y cadada, recodábamos a los viejos rokeros en el descansillo del vagón de las ruedas pinchadas. 

Un viaje en tren es una diminuta vida, donde aprendes a mirar en silencio sin juicios, si tu destino es lleva a viajar en el vagón de ruedas pinchadas.


Josetxu Erreke®


Ronessa junio 2018  

(*) El tren , de Leño